martes, 3 de febrero de 2009

Escrituralidad, cultura y poder





No estoy seguro de por qué llegamos a la preponderancia del lenguaje escrito sobre el lenguaje oral, pero quisiera comenzar este análisis haciéndome la pregunta de ¿por qué la crítica denuncia que el lenguaje oral ha sufrido una exclusión de los ámbitos de reflexión y por lo tanto se ha invisibilizado su riqueza y posibilidad; recurriendo al lenguaje escrito para tal efecto? Ong, el autor de Oralidad y Escritura al constatar el peso del lenguaje oral frente a los resultados técnicos de la época informática, en donde uno de sus efectos es precisamente aquello que denomina como “segunda oralidad”, tiene que usar el texto para mostrar sus conocimientos. Cuando dice –por ejemplo- que en la actualidad una imagen vale por mil palabras, pero esto, no obstante, tiene que ser dicho, o sea que el sentido tal afirmación se remite a un contexto muy específico aunque la oralidad subyace permanentemente, yo me pregunto, haciendo una especie de meta análisis, si el autor sospechó la posibilidad de que su afirmación al ser una afirmación escrita en un texto, no estuviese de por sí rompiendo sus propias tesis al dar legitimidad fáctica al lenguaje textual (escrito), es decir, a aquello que por otro lado trata de desmontar. De hecho, al momento que escribo este ensayo utilizo el lenguaje escrito, pero no se trata de una falla gramatical. “Escribo utilizando el lenguaje escrito”, es (decir) escribir tratando de acoplarme a las reglas de un lenguaje técnico que va más allá de la gramática, se trata de un lenguaje que no se utiliza en la cotidianidad probablemente por la complejidad de su articulación e implementación. La articulación, para mi ejemplo, parte de la necesidad lógica de articulación. De entrada imagino un sujeto que leerá el texto. Por ello necesito emplear una línea argumentativa clara. Para ello a su vez necesito el manejo silogístico del lenguaje, es decir una secuencia de ideas que tienen sentido desde determinado punto de vista, probablemente fraccionado, pero riguroso en la composición normativa y en la exposición de ideas. Entonces compongo el monólogo, que además, de acuerdo a su posición o calidad puede tener cierto valor teórico, pero nunca, un valor vital.

La preponderancia del lenguaje escrito se da probablemente por muchos mecanismos de imposición, pero el lenguaje escrito antes que ser una variante del proceso comunicativo de la humanidad, de su desarrollo, es un verdadero tipo de matriz cultural que tiene su concretización con el nacimiento de la imprenta y la posibilidad de producir libros de manera masiva, pero cuyo origen se remonta a los griegos, aunque para ser francos, la escritura (y por ende el grafolecto) es mucho más antigua en los pueblos asiáticos. No obstante la matriz epistémica que inaugura el lenguaje escrito es lo que nos interesa en este caso, porque posibilita el recogimiento de los procesos de conocimiento de manera acumulativa y con ello también la ficción de la objetividad y un tipo particular de cultura “externa” e independiente de la movilidad cotidiana, el saber, dirá Ong. Este tipo de saber en cuanto a sus funciones técnicas definitivamente implica un avance en las culturas de matriz occidental, sobre todo porque posibilita el avance o la profundización de una línea de conocimiento. Sin embargo sólo desde el siglo XVIII, esta función técnica del lenguaje escrito es aceptada en occidente. Antes, o hasta el surgimiento de la física moderna, (que cambiaría los paradigmas de hacer conocimiento hasta ese punto), los libros servían en su mayoría (salvo muy excepcionales casos) para la especulación metafísica o para la legitimación del poder. La historia del colonialismo irracional de Europa es patente. Se cuenta que al Inca Atahualpa se le ahorca porque no besa la Biblia, porque desprecia la palabra escrita de dios, y con ello toda la cultura europea. La escrituralidad de la Europa cristiana sirve en términos concretos para mantener la jerarquía, y no solamente de fronteras afuera, sino dentro de sus mismas sociedades. Sólo desde el nacimiento de los estados modernos y su lógica burocrática se hace necesaria la divulgación de la escritura, con el advenimiento del capitalismo y las revoluciones científicas, la urbanización a gran escala, etc, etc, se va a la escritura como elemento de ciudadanía y, la minoría de las veces, como instrumento crítico efectivo del poder.





Un viraje hacia “otro” lenguaje

Algunos puntos de la tesis de Ong frente al conocimiento superficial de nuestra matriz andina, parece no concordar y refutar sus puntos de vista. Es por ello que quisiera hacer un breve repaso de estos puntos con la esperanza de ampliarlos en el futuro. Ong dice que la escrituralidad puede haber potenciado el lenguaje oral y está claro que no se puede prescindir de la oralidad en la utilización del grafolecto. Si tenía en mente dar relevancia a los procesos culturales “populares”, parece que cumple su objetivo. El viraje epistémico tiende a ubicar la mirada dura y crítica de lo popular con mayor indulgencia hasta comprenderlo como un punto por explorar en la lógica escritural, científica-técnica de las Ciencias Humanas. Pero, ¿es cierto que las culturas orales son primarias?. Ong parece darlo por sentado. Las palabras, sin escrituralidad no tienen una presencia visual, dice. Las palabras son sonidos y por ello son evanescentes, o en otros términos, con ellas simplemente no es posible la memoria, fuera de las alegorías y los mitos. A propósito, de que parece sentir cierto respeto por la sacralizad con la que los pueblos primitivos se refieren al sonido, diremos que en Kichwa, cuya escrituralidad data del siglo XX (al menos en el grafolecto europeo) palabra se designa como Rimay que a su vez puede significar “lo dicho”, pues proviene del verbo rimana que significa hablar. Sonido se dice huacana utilizado para cualquier tipo de sonido, desde el murmullo de los rios o el bramido del cielo o la tierra e incluso para designar el llanto. Todo lo que suena probablemente en esta cosmovisión se remitía a la vida de una manera un tanto trágica, pero en definitiva, se remitía a los “sucesos”.





En fin, es cierto además que una cultura oral no dispone de textos, pero para ello están los refranes o fórmulas, pero eso no necesariamente implica que no se puede desarrollar un pensamiento complejo, al menos en la cultura de matriz andina. Yuyana designa el acto de pensar, pero al mismo tiempo el acto de recordar. En esta cosmovisión, recordad no es una forma de pensamiento, es el pensamiento mismo, cosa que concuerda con los planteamientos de Ong. Pero de ahí a decir que con la oralidad simplemente no es posible el pensamiento analítico es caer en un reduccionismo. En las culturas andinas, que no desarrollaron la escrituralidad tal y como se comprende en occidente, no necesariamente tienen un pensamiento carente de abstracción. La misma presencia de los números que son un fenómeno absolutamente abstracto, (shuk, ishkay, kimsa. Chusku. Pizca, Sukta, Canchis, pusak iskum o illak para designar al cero) nos indica que tenían un pensamiento con posibilidades de abstracción. Pero esto es un ejemplo minúsculo. La geometría y con ella la astronomía que se desarrolló en Los Andes, por mucho superior a la de varios pueblos –incluido el indoeuropeo que creía que la tierra era plana hasta el siglo XV- es objeto de serio estudio por parte de la física moderna que en sus últimas teorizaciones sobre la complejidad llega a comprender la fractalidad, noción que por los estudios realizados ya se manejaba en la compleja astronomía andina. Y eso sin oponerse a la utilización de los conceptos abstractos vinculados con la cotidianidad. Por ejemplo, en kichwa círculo se dice muyuy, pero en realidad significa la acción de dar la vuelta, de rodear, lo que por un lado vincula la acción cotidiana con una abstracción notable. Clásico es el ejemplo del cuadrado, de las cuatro partes del mundo inca, el tahuantinsuyu y ni se diga de conceptos como el de Chakana que en el pensamiento andino totalizante, adquiere una complejidad asombrosa.

En lo personal pienso que el estudio del lenguaje y la cultura desde la otredad puede conducirnos a redescubrir matrices culturales de riquezas profundas que contribuyan al cambio del paradigma absolutista y entorpecedor al que ahora nos vemos sometidos con la mundialización de una cultura hegemónica que lejos de responder a los intereses de la vida, se opone a ellos.