viernes, 15 de febrero de 2008

Un concepto de cultura

El concepto de cultura es uno de los conceptos clave en el pensamiento moderno. Es uno de esos conceptos de los que todo el mundo habla y nadie sabe cual es su fondo teórico, tal como pasaba (y sigue pasando) con los conceptos de libertad, justicia, vida, etc. Seguramente porque quien se acerca a estos referentes generales y al mismo tiempo esenciales, termina por llenarlo de aquello que le es más próximo y paradójicamente más desconocido: su deseo. De hecho, haciendo una comparación arbitraria parecería que el concepto de cultura es el marco sobre el cual se matiza el deseo de un proyecto social que no necesariamente tiene un horizonte bien trazado pero que tiene la necesidad de mantenerse intacto. Esta conciencia, sin embargo, parece que adolece de una obsesión por la identidad, es decir, de la posesión absoluta de su proceso, de su lucidez, de su conciencia que “evita las perturbaciones girando sobre sí misma”. Esto, parece ser la fuente misma de una deformidad, en razón de la identificación de los imaginarios que rigen cierta organización socio-política con lo absoluto.

La civilización moderna es planteada como la panacea del desarrollo humano, nada hay más allá de ella y si algo ha quedado fuera, rápidamente es anexado como un proceso truncado (culturas autóctonas) que sin embargo deben ser protegidas para que preserven su “identidad” tal y como lo hace la civilización moderna. Pero tal preservación se convierte en un folkclorismo, un adorno adicional de la magnánima y absoluta civilización occidental europea autodenominada “moderna”, que a pesar de la amplitud y certeza de su discurso demócrata no ha logrado solucionar sus profundas y escabrosas contradicciones internas, y más bien las ha extendido a través de su violencia, su manipulación ideología y sus mecanismos de enajenación y explotación económicos y políticos, a lo largo del mundo.



La cultura occidental pregunta por las raíces de los pueblos con el fin de instaurar el Estado y generar la guerra y posteriormente lavarse las manos con el discurso de la democracia y la inserción de “todos” al gran mercado del capital, lo cual no pasa de ser un “cuento” puesto que las dos terceras partes del mundo no tienen pleno acceso al mercado aun cuando sigan inspirados por sus principios y luchando por entrar en él.

La obsesión por la identidad y la cultura es un problema occidental. Grupos humanos que aún no entran o están en proceso de entrar en este juego experimentan el cambio desde otra óptica, no desde la identidad, sino desde el sentido del existir, de su relación de dependencia con el cosmos. Occidente no tiene sentido en cuanto su relación con el cosmos ha sido clausurada por la dinámica de su propia historia, de su razón y su técnica cuya miopía pretende dominarlo todo en función de un progreso totalitario.

Occidente no logra entender lo “distinto” y su soberbio discurso de la paz y la armonía ante la cruel realidad de desigualdad económica y política se convierte en el punto más álgido de las desilusiones. Los “otros” como se los denomina desde occidente, plantearon hace tiempo que el hombre era un “ciudadano del mundo”, distinto en cualquier parte e igual que en cualquier parte, atravesado por las dinámicas propias de cada región, pero no sometido a ellas.